Se acerca rápidamente el final del año, y con él las fiestas y tradiciones culinarias del invierno. Para entrar en calor en los mercados navideños, la tradición consiste en beber vino caliente, una bebida cálida y reconfortante. Pero ¿cuál es el origen de esta costumbre?
Orígenes
Los primeros vinos calientes aparecieron en la época del Imperio romano, en el año 20 d. C. En aquella época, no se bebían por placer, sino principalmente para facilitar la digestión. Se elaboraban a base de vino, miel, pimienta, laurel, azafrán, nueces y dátiles (así como sus huesos tostados). Después se sumergían brasas ardientes en la bebida para conservarla.
En Francia, se popularizó a partir del siglo XIII, especialmente en Montpellier gracias al puerto de Lattes, que permitía comerciar con especias de Oriente. Su fama llegó hasta la mesa de Enrique III de Inglaterra, quien lo consumía habitualmente. De hecho, la primera receta de vino caliente que se ha encontrado procede de un documento relacionado con uno de sus pedidos. Cabe señalar que esta bebida era un lujo reservado a los más ricos, ya que el coste de las especias era muy elevado en aquella época.
Poco a poco se extendió por Europa, como en Suecia en el siglo XVII, bajo el nombre de Glögg (el rey Gustavo I lo bebía con regularidad), y en Alemania y Alsacia a finales del siglo XIX. La receta cambió ligeramente: la adición de especias como el clavo, la canela o el cardamomo permite conservar el vino caliente durante más tiempo, evitando su oxidación. Las naranjas también se añadieron a la mezcla más adelante.
Las variantes internacionales
Hoy en día, la bebida suele elaborarse con vino tinto, especias y azúcar, pero también existen versiones a base de vino blanco o zumo de manzana. Cada país le ha añadido su toque personal, por lo que encontramos recetas muy variadas y originales de una región del mundo a otra:
- Brasil: se sirve con cachaça y durante la Fiesta Junina.
- Bulgaria: al igual que en la receta original, se diluye con miel y a menudo se le añaden manzanas además de cítricos.
- Canadá: generalmente se añade sirope de arce.
- Hungría: utilizan especias como nosotros, pero lo personalizan con un vino local, el Egri Bikaver.
- Letonia: añaden al vino caliente un licor negro originario de Riga, el Black Balsam.
- Polonia: el vino se sustituye por cerveza, calentada de la misma manera con los demás ingredientes tradicionales (especias y frutas).
- Suecia: a veces se prepara con vino blanco y a menudo se le añade vodka o brandy; por lo demás, utilizan los mismos ingredientes (azúcar y especias).
Preparación y degustación
En Francia, generalmente se utiliza vino tinto, cítricos y especias (especialmente canela), y se calienta todo sin dejar que hierva. La elección del vino siempre es la gran cuestión: se recomienda evitar los vinos con taninos marcados, ya que la sensación áspera en boca será más difícil de disimular con azúcar. Por tanto, es mejor optar por un vino joven, afrutado y tan suave como los demás ingredientes, como un Gamay o un Merlot. Para acompañarlo, los dulces navideños serán ideales: pan de especias, galletas de mantequilla, bizcocho de chocolate o de canela, castañas calientes... ¡la elección es vuestra!
Y ahora, aquí tenéis una receta clásica e infalible que deleitará vuestro paladar. Necesitaréis:
- 1,5 l de vino tinto
- 150 g de azúcar en polvo
- 1 naranja
- Ralladura de limón y de naranja
- Especias (1 rama de canela, 1 estrella de anís estrellado, 2 clavos, 1 pizca de nuez moscada rallada)
Filtrad el vino, cortad las naranjas en rodajas y mezclad todos los ingredientes en una cacerola. Calentad a fuego lento hasta que la mezcla empiece a hervir suavemente y servid caliente. ¡Muy sencillo, pero delicioso!
Para una versión sin alcohol, basta con sustituir el vino por la misma cantidad de zumo de manzana de buena calidad. El vino se conservará en frío durante unos días y podréis recalentarlo sin problema (¡incluso estará aún mejor!).
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